viernes, 3 de octubre de 2014

Los reyes de lo jondo



En la rutina periodística uno se suele enfrentar a ciertos tostones, a “bacalás” infames que duermen a Pocholo con tres cafés o a actos en los que el protocolo llega a convertirse en un absoluto coñazo, hablando en plata. Ayer asistí a esta última modalidad en la inauguración de la feria ganadera de Zafra con presencia borbónica incluida y toda la parafernalia correspondiente. Su equipo de seguridad se empeñó en aumentar las 2.600 cabezas de ganado de la feria conduciéndonos a los periodistas presentes en el palacio de congresos segedano cual manada de borregos. Pero ya sabemos cómo funcionan las cosas de palacio, no queda otra que resignarse y aceptar que todo equipo lo debe oler un pastor alemán que por cierto, tenía más mala pinta que un pollo del Pryca. Incluso algunos curiosos sólo acudieron para refrendar si es tan enjuta en persona la reina ex periodista, un hecho que a un servidor se la trae al pairo. A pesar de todo hay gente a la que le hubiera encantado estar en mi lugar, a pocos metros de la sangre azul, pero a mí no me aportan nada unos señores que, sin dudar de su valía, están en su cargo por una imposición tan feudal como divina.

Hay otros actos y personas más terrenales, con arte y vivencias reales que sí que me emocionan. Así son los artistas a los que me hubiera gustado ver la noche de antes en la Bienal de Flamenco de Sevilla. Habría disfrutado mucho en el espectáculo “Toda una vida”, un recital en el que la cantidad de años que sumaban los artistas sobre el escenario era directamente proporcional al derrocha de su flamencura. He sentido envidia cochina (nunca mejor dicho) por no estar allí y me he tenido que conformar con leer la sentida crónica del maestro Manolo Bohórquez y con lo que me ha contado el cantaor pacense “Perrete” de Badajoz que disfrutó más en el Teatro Lope de Vega que Willy Fogg en Halcón Viajes.

Me hubiera encantado escuchar a La Cañeta, mujer tocada con la varita mágica del duende, ese ser que vive en las habitaciones más oscuras de la sangre (no azul, precisamente, sino roja carmesí) como diría aquel poeta granadino. O contemplar una pataíta de El Carrete, cuyo baile te embauca como un moscatel de su tierra, aquella en la que quien no tiene dinero, se afeita con agua fría. O ver cómo templaba su jonda voz Paulo Molina que con las sabias sonantas de Perico de la Paula y Juanma Moreno pusieron el compás por jaleos para que El Peregrino demostrara una vez más al respetable hispalense que es un artista que no sólo se viste por los pies sino es capaz de hablar con ellos.

                                    Con el tío Peregrino en Barajas

O ese cante del Robert Redford de África, el maestro Rancapino que un día me dijo que el flamenco sin pellizco es como un puchero sin sal. Y su cante tiene ese justo punto de sal que te hace saborear hasta la última cuchará de su quejío. O haber visto cómo ponían su alma al servicio del público Curro de Utrera o Romerito de Jerez, dos auténticos trabajadores del arte jondo.


Ahí quería yo estar para disfrutar del flamenco sin artificios, del arte telúrico de estos trabajadores del flamenco que se han ganado el cetro y la corona de lo jondo con su arte y esfuerzo. Unos veteranos que siguen escribiendo bellas páginas en el maravilloso libro del flamenco.  Y es que los viejos flamencos tampoco mueren nunca. 

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